Técnica mixta sobre pliego de papel
Firmada y fechada en 1959. En el margen superior, inscripción a tinta: "3.976"
25x32,8 cm
55,5x63x7,5 cm (marco)
Esta obra debe situarse en el periodo de madurez de Salvador Dalí posterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando el artista abandona progresivamente el surrealismo más freudiano de los años treinta y reformula su lenguaje a partir de tres ejes principales: la física moderna, la espiritualidad católica y el retorno al clasicismo. Es la etapa que el propio Dalí denominó mística nuclear.
El punto de inflexión fue la conmoción provocada por la bomba atómica de 1945. A partir de entonces, Dalí se interesó por la estructura discontinua de la materia, la desintegración del átomo y los descubrimientos de la física moderna. Para él, la nueva ciencia no anulaba lo espiritual, sino que abría una vía para representarlo pictóricamente. Los cuerpos suspendidos, las formas fragmentadas, los espacios vacíos y los objetos en levitación se convirtieron en recursos visuales para expresar una realidad material inestable, atravesada por fuerzas invisibles.
Este giro se formuló de manera explícita en el Manifiesto místico de 1951, donde Dalí defendió una nueva pintura capaz de unir ciencia, fe y tradición. La pintura daliniana de estos años no renuncia al imaginario surrealista, pero lo reorganiza dentro de una ambición más monumental, religiosa y matemática. La geometría, la proporción, la perspectiva renacentista y las referencias a los grandes maestros conviven con nociones procedentes de la física atómica y de la investigación científica contemporánea.
Durante la década de 1950, Dalí realizó algunas de sus composiciones más emblemáticas, como La Madona de Portlligat, Cristo de San Juan de la Cruz, Corpus Hypercubus, Santiago el Grande o El descubrimiento de América por Cristóbal Colón. En todas ellas se advierte una misma voluntad: transformar la pintura religiosa e histórica en una imagen moderna, capaz de incorporar tanto el legado del Renacimiento como las teorías científicas de su tiempo.
La presente obra se comprende dentro de ese clima intelectual y plástico. Aunque su título sea genérico, su interés reside en su vinculación con un momento en que Dalí convierte la imagen en un campo de tensión entre materia y espíritu. La figura, el objeto o el motivo representado ya no se entienden únicamente como elementos surrealistas, sino como signos de una realidad descompuesta, flotante y cargada de sentido simbólico.
El regreso de Dalí y Gala a Portlligat en 1948 fue decisivo para esta transformación. Desde su casa-taller ampurdanesa, Dalí elaboró un lenguaje en el que el paisaje de Cadaqués y Portlligat, la luz mediterránea, la tradición católica española y la ciencia contemporánea se funden en una iconografía absolutamente personal. La obra de estos años no es una simple continuidad del surrealismo anterior, sino una reformulación ambiciosa de su pintura bajo una apariencia más clásica, construida y trascendente.
También es importante señalar que esta etapa coincide con la consolidación internacional de Dalí como figura pública. El artista combina grandes lienzos de ambición museística con dibujos, obra gráfica, proyectos editoriales, escenografías y apariciones mediáticas. Esta expansión de soportes y formatos responde a una estrategia consciente: Dalí no solo produce obras, sino que construye un universo visual reconocible y una imagen pública inseparable de su pintura.
En conjunto, esta obra sin título debe leerse en el marco de la mística nuclear daliniana, etapa en la que Dalí intenta reconciliar ciencia, fe y tradición clásica. Su valor contextual reside en pertenecer a uno de los momentos más definidos de su trayectoria madura, cuando el artista transforma la fragmentación de la materia y la iconografía religiosa en un lenguaje plástico propio, situado entre el clasicismo, el sueño y la especulación científica.
Oxidación, marcas de adhesivo. En el reverso del pliego, restos de adhesivo y leves faltas, que no afectan a la composición. Marca en madera estucada y dorada, con faltas.
No, los derechos de autor corren a cargo del vendedor
¿Tienes algún objeto similar para vender? ¡Pídenos una valoración gratuita!
Técnica mixta sobre pliego de papel
Firmada y fechada en 1959. En el margen superior, inscripción a tinta: "3.976"
25x32,8 cm
55,5x63x7,5 cm (marco)
Esta obra debe situarse en el periodo de madurez de Salvador Dalí posterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando el artista abandona progresivamente el surrealismo más freudiano de los años treinta y reformula su lenguaje a partir de tres ejes principales: la física moderna, la espiritualidad católica y el retorno al clasicismo. Es la etapa que el propio Dalí denominó mística nuclear.
El punto de inflexión fue la conmoción provocada por la bomba atómica de 1945. A partir de entonces, Dalí se interesó por la estructura discontinua de la materia, la desintegración del átomo y los descubrimientos de la física moderna. Para él, la nueva ciencia no anulaba lo espiritual, sino que abría una vía para representarlo pictóricamente. Los cuerpos suspendidos, las formas fragmentadas, los espacios vacíos y los objetos en levitación se convirtieron en recursos visuales para expresar una realidad material inestable, atravesada por fuerzas invisibles.
Este giro se formuló de manera explícita en el Manifiesto místico de 1951, donde Dalí defendió una nueva pintura capaz de unir ciencia, fe y tradición. La pintura daliniana de estos años no renuncia al imaginario surrealista, pero lo reorganiza dentro de una ambición más monumental, religiosa y matemática. La geometría, la proporción, la perspectiva renacentista y las referencias a los grandes maestros conviven con nociones procedentes de la física atómica y de la investigación científica contemporánea.
Durante la década de 1950, Dalí realizó algunas de sus composiciones más emblemáticas, como La Madona de Portlligat, Cristo de San Juan de la Cruz, Corpus Hypercubus, Santiago el Grande o El descubrimiento de América por Cristóbal Colón. En todas ellas se advierte una misma voluntad: transformar la pintura religiosa e histórica en una imagen moderna, capaz de incorporar tanto el legado del Renacimiento como las teorías científicas de su tiempo.
La presente obra se comprende dentro de ese clima intelectual y plástico. Aunque su título sea genérico, su interés reside en su vinculación con un momento en que Dalí convierte la imagen en un campo de tensión entre materia y espíritu. La figura, el objeto o el motivo representado ya no se entienden únicamente como elementos surrealistas, sino como signos de una realidad descompuesta, flotante y cargada de sentido simbólico.
El regreso de Dalí y Gala a Portlligat en 1948 fue decisivo para esta transformación. Desde su casa-taller ampurdanesa, Dalí elaboró un lenguaje en el que el paisaje de Cadaqués y Portlligat, la luz mediterránea, la tradición católica española y la ciencia contemporánea se funden en una iconografía absolutamente personal. La obra de estos años no es una simple continuidad del surrealismo anterior, sino una reformulación ambiciosa de su pintura bajo una apariencia más clásica, construida y trascendente.
También es importante señalar que esta etapa coincide con la consolidación internacional de Dalí como figura pública. El artista combina grandes lienzos de ambición museística con dibujos, obra gráfica, proyectos editoriales, escenografías y apariciones mediáticas. Esta expansión de soportes y formatos responde a una estrategia consciente: Dalí no solo produce obras, sino que construye un universo visual reconocible y una imagen pública inseparable de su pintura.
En conjunto, esta obra sin título debe leerse en el marco de la mística nuclear daliniana, etapa en la que Dalí intenta reconciliar ciencia, fe y tradición clásica. Su valor contextual reside en pertenecer a uno de los momentos más definidos de su trayectoria madura, cuando el artista transforma la fragmentación de la materia y la iconografía religiosa en un lenguaje plástico propio, situado entre el clasicismo, el sueño y la especulación científica.
Oxidación, marcas de adhesivo. En el reverso del pliego, restos de adhesivo y leves faltas, que no afectan a la composición. Marca en madera estucada y dorada, con faltas.
No, los derechos de autor corren a cargo del vendedor
¿Tienes algún objeto similar para vender? ¡Pídenos una valoración gratuita!